Bienvenidos, trekkies y no tan trekkies. Aquí estamos, tarde pero seguros: varias cosas pasaron desde nuestro análisis del final de la tercera temporada de Star Trek Discovery que han llevado a la demora. Entre ellas, la mudanza de Netflix a Paramount+, los problemas de agenda de mi compañero Mario y los míos propios por estar cubriendo unas cuantas series, incluidas dos de la franquicia como Star Trek Picard y la altamente recomendable Star Trek: Strange New Worlds, de las cuales pueden leer nuestros análisis pinchando los respectivos links.
Pedimos por ello las debidas disculpas del caso, pero sepan que no les hemos dejado olvidados ni a ustedes ni a la serie, sino que aquí estamos para cumplir con lo adeudado y lo bueno es que tengamos tantas opciones del universo trekkie (cinco series entre animadas y live action) y, además, todas renovadas, pues, según se sabe, vienen dando buenos índices de audiencia.
Como en la temporada anterior, seguimos en el siglo XXXII y ahora tenemos a Michael Burnham (Sonequa Martin-Green) como capitana de la Discovery, pero para qué más prólogo: al ruedo. Cumplo en advertir que SE VIENEN SPOILERS DE LA TRAMA y en recordar que pueden leer aquí los análisis anteriores de la serie a cargo de Mario Losada… bueno, y un par míos también.
La cuarta temporada de Star Trek Discovery se aproxima más a un formato de continuidad que las anteriores. Siempre existió un eje central, pero los episodios mantenían cierto tono autoconclusivo y una trama más o menos autónoma. Esta, por el contrario, se parece más, sobre todo hacia la segunda mitad, al formato Star Trek Picard : las últimas seis entregas parecieran conformar una gran película de cuatro horas y media.
Ya de inicio, comienza en un estilo semejante a las películas del ciclo Abrams: una misión que se complica en un mundo extraño sin relación directa con la trama a desarrollar. Michael y Book ofrecen dilitio en un planeta habitado por “hombres mariposa” que, al reconocer la presencia de un gato, son invadidos por la paranoia de que se les quiere convertir en mascotas. La cosa se pone violenta, pero vuelven a confiar en ellos cuando les reparan los satélites que regulan su campo magnético. Parece un comienzo desconectado del resto, pero allí están presentes las principales cuestiones sobre las que avanzará la temporada: comunicación e incomunicación, confianza y desconfianza, buena voluntad y malentendido.
Seguimos, recordemos, en el siglo XXXII. Michael es ahora capitana de la Discovery mientras una reconstruida Federación viene de enfrentarse a la Cadena Esmeralda. Al frente se halla como presidenta la bajorana–cardasiana Laira Rillak (Chelah Horsdal), en tanto que la Tierra y Ni’var se han separado y hay negociaciones para reincorporarlos, particularmente con T’Rina (Tara Rosling), presidenta vulcana del segundo.
La historia central gira sobre una anomalía misteriosa, a la cual denominan AMO y que ha aparecido arrasando mundos completos, entre ellos Kwejian, de donde Book es originario. Lo que parece un fenómeno astrofísico nuevo y desconocido termina, sin embargo, teniendo origen artificial: cambia de posición permanentemente y de acuerdo a patrones antinaturales.
Book está lleno de resentimiento y venganza, sobre todo porque ha perdido a su sobrino: quiere destruir la anomalía a toda costa mientras el resto, Michael incluida, prefieren buscar comunicarse con sus creadores, que no parecieran comportarse con malicia, siendo la destrucción de mundos un daño colateral: la AMO recoge en distintos puntos de la galaxia una sustancia llamada boronita y ello lleva al colapso.
Una segunda trama tiene que ver con Zora, la inteligencia artificial que coordina el funcionamiento de la Discovery y que ha empezado a comportarse de modo extraño manifestando sentimientos y emociones, ante lo cual las normas de la Federación imponen su desactivación. Ello da lugar a un debate en el que tiene decisivo papel el consultor Kovich (David Cronenberg), con más protagonismo en esta temporada. La conclusión es que, tras fusionarse Zora con los datos de la esfera, se convirtió en una nueva forma de vida y las mencionadas normas no aplican.
Zora ha logrado determinar las coordenadas de la“especie 10-C”, tal el nombre dado a los creadores de la anomalía, pero se niega a suministrarlas porque pondría en peligro a la tripulación si quisiesen ir hacia ella (casi las Leyes Robóticas de Isaac Asimov). Stamets, otro personaje de mayor incidencia en esta temporada, negocia con Zora valiéndose de su planteo de ser reconocida como nueva forma de vida: para que confíen en ella, debe también confiar en ellos y darles los datos.
Resulta que la especie 10-C se halla fuera de la galaxia y en un hipercampo impenetrable que cubriría la distancia del Sol a Marte: mantenerlo les implica un consumo descomunal de energía y por ello recogen boronita.
Otro fuerte debate: el científico Ruon Tarka (Shawn Doyle) propone fabricar un arma isolítica para provocar explosiones subespaciales en cadena y llevar el efecto a la civilización de origen. Book, en su anhelo de venganza, está de acuerdo, pero Michael consigue imponer la moción de buscar contactar antes que atacar.
La relación entre ambos genera una tensión especial y, decepcionado, Book decide unirse al plan de Tarka: en su nave, a hurtadillas y con propulsor de esporas “prestado”, parten por cuenta propia para llevarlo a cabo.
Michael les sale en persecución: se dirigen a un antro de apuestas en el planeta Porathia para comprar en forma clandestina un explosivo isolítico. Allí los encuentra y la cosa se dirime en una partida de póquer leonino: parece pueril echar el futuro del universo a los naipes, pero tiene su estremecedor encanto y, además, es una treta de Michael que, sabiendo que perderá, aprovecha la ocasión para instalar en el arma un rastreador oculto.
Ello les permite perseguirlos y gracias a un dispositivo de ocultamiento (ya también la Federación los tiene), envían un grupo a acercárseles en una lanzadera con Saru y Culber al frente, pero Tarka ha adquirido también en Porathia un campo protector que la destruye y a duras penas alcanzan a transportar a tiempo a los tripulantes.
Analizando los porcentajes de boronita en la zona, Stamets establece que falta casi una semana para el próximo salto de la anomalía y ello da a Michael tiempo para seguir buscando el contacto. Book está de acuerdo, pero Tarka quiere destruirla lo antes posible. Actuando una vez más por su cuenta, consigue transportar el explosivo al controlador de la misma y al parecer destruirla, pues no hay rastros de su existencia.
Lo que interesa particularmente a Tarka es dar con su fuente de energía que, afirma de manera algo críptica, puede permitirle “ir a su hogar”. Para su decepción, sin embargo, la misma ha saltado a otra galaxia a través de un agujero de gusano a la vez que aparecido una nueva AMO amenazando ahora a la Tierra y Ni’var.
No queda más remedio que buscar el contacto que propone Michael, pero ignoran cómo comunicarse: los traductores están hechos para lenguas “familiares” o, cuando menos, verbales.
Un flashback nos pone al tanto del porqué de la obsesión de Tarka con la anomalía y, particularmente, con su fuente de energía: cuando fue prisionero de la Cadena Esmeralda, estuvo recluido en un planeta donde utilizaron sus conocimientos en forma casi esclava. Allí conoció a Oros, otro científico preso, con quien desarrolló una relación especial y que le habló de universos paralelos, particularmente de Kayalise, en donde todo es armonía y felicidad y al cual pensaba trasladarse con un dispositivo que estaba construyendo.
Pero fueron descubiertos. Tarka escapó y se escondió en una cueva. El lugar terminó evacuado tras la derrota de la Cadena Esmeralda, pero no halló rastro de Oros, salvo una aparente señal de que habría logrado usar el dispositivo y marcharse. Desde entonces, regresó todos los años en busca de nuevas señales pero sin resultados y su obsesión se hizo cada vez mayor.
La Discovery, en tanto, se aproxima a la “barrera galáctica”, al otro lado de la cual se encuentra la especie 10-C. Atravesarla es otro gran problema, pero afortunadamente tienen a Stamets, quien descubre que está constituida por “células espaciales” y que pueden atravesarla montándose en una.Ello les deja en otra galaxia y ante el hipercampo, pero sin saber cómo comunicarse.
En las cercanías hay un planeta con visos de abandono cuya estrella tiene a su alrededor anillos semejantes a los que rodean al controlador de la AMO. Michael cree que allí puede haber respuestas: quizás sea el mundo de origen de la especie…
Un grupo hace una visita en una lanzadera, encontrando señales de destrucción y gigantescos cartílagos, más un gran domo repleto de extraños capullos. La cercanía les provoca visiones de destrucción que claramente remiten al destino sufrido por los habitantes y, al tocar la sustancia que cubre los capullos, experimentan emociones que parecen haber sido depositadas allí en forma de compuestos de hidrocarburos que representan alegría, tristeza, curiosidad, paz, etc.
Tarka, entretanto, acecha en las cercanías tras pegarse a la Discovery como una rémora e instalar en la nave de Book un parche que la hace no detectable para Zora. En Porathia consigues de todo…
El grupo de Michael no sabe cómo procesar la información recabada para convertirla en comunicación. Experimentan lanzando hidrocarburos con drones DOT sobre la superficie del hipercampo pero, para su sorpresa, una especie de gran tentáculo sale del mismo atrapando a la Discovery y dejando inactivos armas, escudos y sistemas de propulsión.
Claro que también Tarka ha ingresado con ella, lo que le deja a tiro para continuar su plan: quiere encontrar la fuente de energía del orbe y desactivarla para hacer un disparo de plasma contra la superficie y huir rápidamente. Ha conseguido sumar como aliada a la general Ndoye, representante de la Tierra que integra la misión por estar su mundo comprometido, pero distinto es el caso de Book, cada vez más renuente a seguirle.
A través de un trabajo combinado e interdisciplinario, se hacen grandes avances para comunicarse con la especie 10-C convirtiendo las emociones en ecuaciones matemáticas. Interesante y original el utilizar la proporción de gases respirables para dar el concepto de “nosotros”. Con el hidrocarburo de curiosidad, sus “interlocutores” les muestran el explosivo isolítico como si preguntasen por su finalidad. Se les responde con el “nosotros” más el hidrocarburo del terror, dando así a entender que han actuado por miedo: la respuesta de la especie 10-C es tristeza.
Pero todo cae en saco roto cuando Tarka, con la colaboración de Ndoye y tras luchar contra Book, efectúa el disparo de plasma. El grupo es enviado de regreso a la Discovery al desmoronarse la confianza mutua.
En cercanías de la Tierra se preparan para un inminente desastre. Tilly, a cargo de un grupo de cadetes en su primera acción como graduados, ayuda a recoger refugiados. No podrán salvar a más de cuatrocientos cincuenta mil, lo cual es frustrante…
En la Discovery, T’Rina intenta comunicarse telepáticamente con la especie 10-C valiéndose de la fusión mental, pero al ser una especie tan diferente, la experiencia es altamente riesgosa. Consigue, no obstante, enterarse que ya no confían en ellos, pero el dato de interés es que son un gigantesco colectivo carente de individualidad: no unidos en la disciplina al modo de los borg, sino en la armonía.
La única forma de recuperar la confianza es detener a Tarka, que mantiene secuestrados a Book y la comandante Reno, quienes le insisten en que, de existir Kayalise, solo encontrará allí copias de sus seres queridos (en este caso Oros), pero no ceja en su obsesión.
Deus ex machina: Book encuentra un collar de su gato Grudge que inhibe los campos de fuerza porque su mascota odia los hologramas. Consiguen liberarse y, tras transportar a Reno, Book va en busca de Tarka.
En la Discovery y arrepentida, Ndoye admite haber ayudado a Tarka. Es detenida, pero se ofrece como voluntaria en misión suicida para estrellar una lanzadera contra la nave de Book y ser transportada en el último momento. Michael sabe que ello implicaría la muerte de Book pero, a su pesar, lo acepta como necesario.
Así se hace y, rescatada Ndoye, la nave de Book va camino a la destrucción tras el impacto. Tarka cree que aún puede ir a Kayalise, pues la explosión final podría activar el dispositivo de Oros. En un último acto de nobleza, utiliza la energía aún disponible para transportar a Book. Sin embargo, tras el estallido, no hay señales en la Discovery de que haya llegado a bordo y Michael rompe en desconsuelo al descontar su muerte.
Hay que reponerse al dolor para buscar salir del orbe y la solución, una vez más, la da Stamets al proponer utilizar el propulsor de esporas: lo hacen, pero el mismo se quema y solo disponen del impulso warp para regresar a casa en un viaje que les demandará décadas. ¿Alguien dijo Star Trek: Voyager?
La sorpresa es que la especie 10-C no hace nada para evitar su salida y, por el contrario, quieren hablar con ellos, así que por primera vez se conoce su aspecto: una especie de medusa gigantesca. Dicen ahora entender que sus visitantes no funcionan como uno, sino que tienen individualidad, aunque quieren saber por qué dos de ellos se separaron. Al ser puestos al tanto de la destrucción de mundos, manifiestan tristeza y arrepentimiento.
Se comprometen a hacer en el futuro su recogida en zonas deshabitadas del espacio: no lo habían hecho antes porque, al ser tan diferentes, no reconocían a las razas de la Federación como formas de vida. Pero notan que Michael sigue triste y quieren saber por qué. Cuando les pone al corriente de que ha perdido a alguien amado, le traen a Book de vuelta y bien: lo habían capturado al momento de transportarse…
Book les hace tomar conciencia de la necesidad de destruir la AMO: su tono, triste y sincero, surte efecto y se comprometen a ello, pero antes usan su energía para construir un agujero de gusano y permitirles regresar a casa.
La galaxia ha vuelto a la normalidad. Book ha quedado procesado por violar normas de la Federación pero, en compensación por su aporte final, se le da una especie de “probation” asistiendo a refugiados.
La Tierra ha decidido regresar a la Federación y así lo transmite su presidenta, interpretada por Stacey Abrams, la dirigente política que en 2019 se convirtió en la primera mujer estadounidense negra en ser elegida para dar réplica al presidente (Donald Trump). Esta felicita por lo hecho a Michael, quien dice haber entendido que aún hay allá afuera muchas especies sobre las que se desconoce todo. La presidenta le augura que será su tarea de allí en más…
La demora en reseñar esta cuarta temporada de STD hace que la analicemos teniendo ya encima el visionado de Star Trek: Strange New Worlds, que ha dejado la vara alta. Pero sería mejor evitar comparar con otras series de la franquicia y más bien hacerlo con las temporadas anteriores. Viéndolo así, ha sido una buena temporada que supera a la anterior.
Es cierto que la primera mitad fue algo irregular y no lograban aún definir el perfil de los episodios: algunos autoconclusivos, otros no tanto; algunos más logrados, otros menos. Pero después el rumbo estuvo más claro y los últimos seis episodios son como una extendida película que nos mantiene prendidos mientras la historia gana en interés y conduce hacia un final altamente emotivo: hacía mucho que no terminaba de ver un episodio de STD queriendo ver el siguiente.
Lo primero para decir es que el siglo XXXII le sienta mejor a la serie, lo cual no había sido del todo aprovechado en la temporada anterior. El salto hacia adelante la libera algo del cánon, pues en el medio han pasado cosas que otras series no han tratado. En segundo lugar, es bueno ver a Michael como capitán, ya que no hay serie de la franquicia en que el personaje principal no lo sea: inclusive Benjamin Sisko, aunque estuviera al frente de una estación espacial y no de una nave. Un divorcio que se sentía extraño ya no es tal…
En cuanto al resto de la tripulación, es una grata noticia haber recuperado a Saru, a quien vemos, además, atraído por la presidenta T’Rina: la relación entre especies no es extraña a la franquicia, pero nunca tan diferentes (algo similar para Tarka y Oros): habrá que ver cómo evoluciona ese vínculo, que de momento es pura intriga.
Lo malo, por contrapartida, es tener a Tilly afuera de la Discovery: el personaje interpretado por Mary Wiseman fue desde el principio uno de los más interesantes y mejor actuados. Es cierto que ha sido ascendida de alférez a teniente y demuestra grandes condiciones de liderazgo al abrirse camino por cuenta propia al frente de un grupo variopinto, pero sería una pena dejarla de ver. Si no va a regresar a la Discovery, que sea al menos un personaje recurrente: en esta temporada la hemos visto poco…
Stamets ha ganado en protagonismo y aunque a veces cansa como sabelotodo, se le ve muy asentado en la tripulación y su relación con Culber, entre armonías y tensiones, tiene peso para la trama central.
Distinto es el caso de Adira y Gray: ni cuando este era solo visible para Adira ni cuando su cuerpo fue “revivido” en un golem, su historia ha logrado integrarse con la principal sino que pareciera transcurrir en un mundo aparte y aburren de tanto mirarse con sonrientes ojos de ensoñación al borde de las lágrimas. La inclusión forma parte de Star Trek desde sus inicios y mucho antes de ser moda, pero si no se le encuentra pronto una integración con las tramas principales, esa relación (contrariamente a la de Culber y Stamets) no pasará de “inclusión forzada”.
Otro que ha ganado protagonismo es Kovich, personaje interesante más allá del atractivo de contarlo a Cronenberg en el elenco. Aun así, sigue siendo bastante misterioso y se ha desmoronado la teoría de que pudiera ser el presidente de la Federación: su historia personal aún no ha sido contada del todo…
Pero si hay que destacar un actor y un personaje en esta cuarta temporada, sin duda David Ajala se lleva las palmas con su soberbia interpretación de un Book cruzado por sentimientos contradictorios y debatiéndose entre ellos.
La trama de la anomalía es muy Star Trek: no es la primera vez que alguna criatura o entidad provoca daño sin quererlo ni saberlo. Alcanza con recordar a V´Ger en la primera película de la tripulación original, la sonda desconocida de Star Trek IV: Misión salvar la Tierra o, más cerca, al “niño” que generó la “Quema” en la temporada anterior. Las peores catástrofes cósmicas pueden tener raíz en la incomunicación o incomprensión mutua y, como tales, ser evitadas.
Hace chirriar un poco la rapidez con que descifran el lenguaje de la especie 10-C, pasando en poco tiempo de ecuaciones matemáticas a conversación prácticamente fluida. Pero la fuerza emocional del final compensa con creces esa inverosimilitud, como también el que no haya muertes de personajes principales: no es que uno lo esté pidiendo a gritos o que no se alegre de verlos bien, pero da más credibilidad cargarse a alguno cada tanto (como ya ha ocurrido en STSNW). Cada vez que alguien parece muerto, no lo está…
Hay que mencionar como acierto que las series de la franquicia marchen como unidad y hayamos tenido, por ejemplo, noticias de las Qowat Milat (episodio 3: Elige vivir), mismas monjas de las que sabemos por STP que criaron a Elnor y que, además, acogieron a la madre de Michael (por cierto, algo desaprovechado en su potencial el encuentro entre ambas). Ni qué decir los homenajes a series pasadas: qué bueno saber que en el siglo XXXII habrá naves con los nombres de Janeway o T’Pol.
Y siempre un gusto, por supuesto, tener a Jonathan Frakes dirigiendo algún episodio, en este caso el sexto (Tiempo Tormentoso) y mejor de la primera mitad: se nota su oficio.
El tratamiento visual sigue estando a la altura y nos ha entregado un par de momentos magníficos. Otro tanto la soberbia banda sonora de Jeff Russo: por cierto, el tema que cierra cada episodio de la temporada eriza la piel con su maravillosa melancolía y arreglo de cuerdas, piano y flauta. Se los dejo…
Lo extraño es el tono de cierre de la temporada, que más bien pareciera serlo de la serie, aun cuando ya esté en producción la quinta. En algún momento, se nos cruzó un deja vu de STV cuando se planteó que el regreso a casa tardaría varias décadas, pero la especie 10-C lo solucionó rápidamente. No habiendo esta vez cliffhanger y pareciendo todo tan cerrado, habrá qué ver hacia dónde se dirige ahora la serie…
Buena temporada, en definitiva. Y también que la serie esté encontrando su rumbo. Había quienes no daban un cobre por su permanencia, pero ya vamos camino a la quinta temporada y ojalá tengamos muchas más. Por lo pronto, nos encontraremos allí y, esta vez, prometo, con análisis episódicos.
Gracias por leer y, sobre todo, por la paciencia de esperar. Hasta pronto y sean felices. Larga vida y prosperidad…
Guardar mi nombre, correo electrónico y sitio web en este navegador la próxima vez que comente.